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San
Diego nace a finales del siglo XIV en San Nicolás
del Puerto, Sevilla, en el seno de una humilde familia.
Pronto
buscará la dirección espiritual que orientara
sus deseos de santidad, encontrándola en un sacerdote
ermitaño, cerca de San Nicolás. De allí
irá a un convento de Córdoba, donde profesará
como hermano lego en los franciscanos.
A
partir de ese momento empezará su vida andariega por
pueblos de Córdoba, Sevilla y Cádiz,
dejando un reguero de caridad y milagros.
Posteriormente,
marchará a las islas Canarias. Siendo la isla
de Fuerteventura, sobre todo, donde atrajo al cristianismo
miles de guanches y de cuyo convento fue nombrado guardián,
en la que principalmente desarrolló su labor apostólica..
El
año 1450, proclamado Año Santo por Nicolás
V, ofreció a Diego la ocasión de marchar a Roma
para lucrar las indulgencias del Jubileo. Fue una larga y
penosa peregrinación de varios meses que aprovechó
para predicar y hacer el bien por muchos pueblos de Francia
e Italia.
Asistió
a la canonización de San Bernardino de Siena, a la
que habían acudido miles de franciscanos, declarándose
entre ellos la peste. Ante esta situación san Diego
se distingue por sus atenciones con los enfermos, consolándoles
y mitigando sus dolores. Durante este tiempo residirá
durante varios meses en el convento de Santa María
de Araceli.
De
vuelta a España, le destinan a Alcalá de
Henares, su última estación, donde a pesar
de ser hermano lego alcanzó gran popularidad por su
gran corazón. Fama que se vería incrementada
tras su muerte, el 13 de noviembre del año
1463 en Alcalá de Henares, gracias a los numerosos
milagros que se le atribuyen.
Así,
el rey Enrique IV de Castilla, acudió a su sepulcro
para pedirle la curación de la Beltraneja.
Pero
el caso más conocido fue el de Felipe II, que
estando su hijo, el príncipe Carlos, enfermo de gravedad,
mandó trasladar los restos de San Diego a la cámara
regia para conseguir la curación. Este milagro lo popularizo
Lope de Vega, tomándolo como argumento en una de sus
comedias.
Subió
a los altares el año 1588 bajo el pontificado de
Sixto V. Su proceso de canonización había
sido introducido por el Papa Pío IV, a instancias,
sobre todo, de Felipe II, y uno de los milagros exigidos y
aprobados para la canonización fue precisamente el
de la curación de su hijo.
Su
cuerpo incorrupto, del que se dice que tiene poderes curativos,
actualmente permanece en la cripta de la Catedral Magistral,
junto a las reliquias de los Santos Niños y de San
Féliz de Alcalá.

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