|
Siendo
emperador Diocleciano dio éste la orden de perseguir
en todo el Imperio a todos aquéllos que profesaran la fe en
Cristo. A finales del siglo III d. J.C. ya había cristianos
en la ciudad de Complutum, por lo que el gobernador
Daciano, cumpliendo las órdenes de su emperador, mandó
a sus soldados para que anunciaran por las calles de la ciudad
que todo aquél que no renunciase al cristianismo sería condenado
a muerte.
Vivía
en la ciudad, por aquel entonces, una viuda cristiana que
tenía dos hijos llamados Justo y Pastor. Éstos,
de siete y nueve años aproximadamente, tras oír a los soldados,
se presentaron ante la residencia del gobernador haciendo
pública sus creencias y su negativa a renunciar a su fe.
Tal
revuelo estaban armando y tanta era la gente que se estaba
empezando a reunir, que los soldados de la puerta los hicieron
pasar y los presentaron ante el gobernador. Una vez delante
de él, los niños confirmaron sus creencias en Jesucristo y
afirmaron que nunca abandonarían su religión.
El
gobernador, para darles un escarmiento, ordenó que se los
llevaran y les azotaran y que, una vez se hiciera esto, los
volvieran a traer para comprobar si habían cambiado de opinión.
Así se hizo y, de nuevo ante Daciano, los niños volvieron
proclamar su religión y su decisión inquebrantable de no abandonarla.
Cansado
de la situación, el gobernador mandó que los encerraran y
que, tras pasar la noche en la celda, los volvieran a traer
a su presencia. A la mañana siguiente, intentó Daciano hacerles
cambiar de opinión ofreciéndoles regalos. Pero como éstos
se mantenían firmes, mandó azotarlos esta vez con más fuerza.
Como los niños no se acobardaban y su autoridad, ya que la
noticia había corrido por el pueblo, empezaba a verse en peligro
ordenó, finalmente, su muerte.
Los
soldados aprovecharon la noche para ejecutar las órdenes que
habían recibido y se llevaron a los niños a las afueras de
la ciudad. Tras ajusticiarlos, enterraron en el lugar de los
hechos sus cuerpos y la piedra que habían utilizado en su
decapitación. Esto, se dice, ocurrió un 6 de agosto,
entre los años 296 al 306 d. J.C. en el llamado Campum
Laudabile.
Como
las niños no aparecían, la gente del pueblo, encabezados por
su madre, se reunieron y pidieron razón de ellos. Tal era
la violencia de sus exigencias que Daciano tuvo miedo y huyó.

Durante
años la historia del sacrificio de los Santos Niños acompañó
a los habitantes de Alcalá. Ya en el siglo V, el arzobispo
toledano don Astúrico Anulio, llevado por una aparición,
encontraría sus restos. Ante tal hecho, el arzobispo ordenó
la construcción de una capilla en ese lugar, donde venerar
las preciadas reliquias, y, posteriormente, abandona su sede
arzobispal y se traslada a Alcalá para dedicar su vida a exaltar
la devoción de los mártires.
La ubicación de esta capilla coincidiría en su ubicación con
la actual cripta de la Magistral.

|