El
día 9 de octubre de 1390, estando el rey don Juan I de Castilla
en Alcalá, se decidió realizar en su honor una demostración
de ejercicios ecuestres a cargo de los caballeros "farfanes",
cristianos al servicio del rey de Marruecos.
Cincuenta
caballeros, deseosos de mostrar su agradecimiento al rey por
haber conseguido éste su repatriación, formarían el grupo
que exhibiría sus habilidades con los caballos y las lanzas.
Tras escuchar la misa celebrada por el arzobispo don Pedro
Tenorio, la comitiva salió por la Puerta de Burgos para dirigirse
al lugar donde tendría lugar el espectáculo. En ello estaban
cuando el caballo que montaba el rey sufrió un tropiezo, dando
con él en el suelo donde Juan I quedó muerto.
El
revuelo causado por tal accidente fue aprovechado por el arzobispo
Pedro Tenorio que, acercándose al cuerpo y tomándolo en sus
brazos, anunció que el rey estaba mal herido y que su estado
hacía imposible su traslado. Por todo ello, ordenó que se
levantara una tienda allí mismo, donde el monarca recibiría
la atención médica necesaria.
El
arzobispo con esta estratagema ganó el tiempo necesario para
conseguir, con la ayuda de la reina, la sucesión pacífica
de Enrique III, el hijo primogénito del rey, que entonces
contaba, en aquellas fechas, con once años de edad.
Sólo
una vez conseguidos la obediencia a la reina y el juramento
de obediencia al príncipe se dio noticia de la muerte del
rey y se trasladó su cadáver a la capilla de los Reyes Nuevos
de la Catedral de Toledo, donde se le dio cristiana sepultura.
Y
así fue como, gracias a la astucia del obispo, se evitaron
muchas muertes y consiguió llegar al trono el joven
príncipe.