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San
Vicente Ferrer (Valencia 1350-Vannes 1419), teólogo y predicador,
fue una importante figura política de su tiempo, que tuvo
un gran papel durante el llamado "Cisma de Occidente"
cuando dos papas; Urbano VI (en Roma) y Clemente
VII (en Avignon) reclamaban el cetro de San Pedro.
Partidario
de éste último, es famoso su libro "De moderno Ecclesiae
schismate", que dedicó a Pedro el Ceremonioso de Aragón
que mantenía una actitud neutral en el conflicto, en el que
de forma contundente defendía que el verdadero papa era Clemente
VII. Posteriormente, sería consejero y acompañante del Papa
Luna.
Sin
embargo, a partir de 1412, abandonó todo y se dedicó
por entero a la labor misionera. Predicando el evangelio recorrió
media Europa; Italia, Suiza, Francia y España.
Allá
por el año 1416 pasa por Alcalá San Vicente Ferrer.
Venía el santo de predicar por tierras de Guadalajara y se
dirigía hacia Toledo a continuar su obra. Como en aquella
época predicaba hasta dos veces al día y mucha era la comitiva
que le acompañaba, que en ocasiones se acercó a las 10.000
almas, todo hacía pensar que haría parada en Alcalá de
Henares donde, tras predicar, podría pedir limosnas y alimentos
para su comitiva. Sin embargo, el santo, una vez llegó a las
cercanías de la ciudad, se paró, miró a sus casas y dijo "Complutum
puteus iniquitatum" (Alcalá, serás arrojada a un pozo).
Dicho esto, continuó su camino rodeando la villa y sin detenerse
en ella.
En aquella época era arzobispo don Pedro de Luna, sobrino
del papa Benedicto XIII, también conocido como Papa Luna,
y de todos era sabido que el santo era partidario del Papa
español, por lo que aún más extrañó su actitud a los muchos
que con él andaban.
Así
quedaron las cosas y nadie se acordó de la afirmación de san
Vicente Ferrer hasta que un siglo después, en septiembre de
1516, Alcalá sufrió una de las mayores inundaciones
de su historia. Cuando la situación empezaba a ser crítica,
un franciscano llamado fray Juan Gómez, quizás guiado
por San Vicente Ferrer, salvó milagrosamente a la ciudad.
El franciscano golpeó por tres veces el suelo del patio de
su convento, el de san Diego, con una barra de hierro y, al
momento, una gran sima se abrió. Ante el asombro de los vecinos,
por ella se derramó todo el agua que ahogaba a la ciudad.
Aquella gran boca se mantuvo allí por gran tiempo.

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