Nació
en La Habana (Cuba) en 1902. Hija de una
familia de la burguesía habanera, tuvo cuatro hermanos,
viviendo todos en el ambiente ilustrado y culto
creado por sus padres y habitando en una espléndida
mansión de la capital cubana.
Los Loynaz tuvieron correspondencia con Federico
García Lorca. Incluso éste llegó a regalarles,
en una de sus estancias en la casa familiar, donde
escribió "El público", un manuscrito sobre un drama
escénico, que luego uno de sus hermanos, que enloqueció,
habría de quemar en uno de sus ataques. También
fueron visitados por Juan Ramón Jiménez y
la chilena Gabriela Mistral.
En 1919, aparecen en el periódico "La Nación"
sus primeros versos publicados: Vesperal e Invierno.
En 1920 viaja a los Estados Unidos, de cuyo viaje
volvió bastante impresionada y afectada.
De nuevo en La Habana, ejerció el periodismo y fue
colaboradora de "Orígenes", la más importante
revista cultural cubana de los años cincuenta.
Se doctoró en Derecho Civil en 1927.
Al año siguiente comenzará a escribir su novela
"Jardín", que concluiría siete años después.
Publicada en 1951, es considerada su obra maestra
y tenida como la pionera del realismo mágico.
En 1929 visita Turquía, Siria, Libia, Palestina
y Egipto. Basado en su visita a Luxor y a la tumba
del faraón, escribirá su poema "Carta de amor al
Rey Tut-Ank-Amen".
Su segundo libro, "Juegos de Agua", vio la
luz en 1947. Es condecorada en España con la Cruz
de Alfonso X el Sabio y empieza a publicar,
en el periódico El País, una serie de crónicas de
viajes desde Europa, con el título de "Impresiones
de un cronista".
Después de haber viajado a las islas Canarias para
visitar a la familia de su compañero Pablo Álvarez
de Cañas, publicó en 1958 "Un verano en Tenerife",
texto definido por ella como el retrato de un tiempo
feliz, de una pasión sin barreras, escrito por una
mujer enamorada.
Dulce María vivió siempre en el barrio habanero
de "El Vedado". A pesar de gozar de un amplio
prestigio internacional la autora prefirió mantener
su residencia en la isla porque, según sus propias
palabras, "es más bien la tierra la que reclama
al escritor y no el escritor quien reclama la tierra".
Después de una intensa vida llena de viajes y publicaciones,
durante casi treinta años no publicaría ni saldría
de Cuba y apenas si puso un pie fuera de la casona
familiar. Este hecho la fue envolviendo en un halo
de misterio.
Respetada siempre por la revolución castrista, fue
presidenta honoraria de la Academia Cubana
de la Lengua Española y Doctora Honoris Causa
por la Universidad de la Habana.
En 1988 recibió el Premio Nacional de Literatura
de su país y un año después fue condecorada con
la Orden Félix Varela, la más alta distinción que
concede el gobierno cubano a los intelectuales.
Desde 1968 fue miembro de la Real Academia de
la Lengua Española y en 1992 recibe el Premio
Cervantes. Fallece, casi ciega, el año 1977
en La Habana.
Para su muerte sólo pidió que la enterraran de blanco,
con la bandera cubana y muchas flores, y que tocaran
el Himno Invasor, escrito por su padre, general
del ejercito en las guerras de independencia contra
España.
